Sus manos se
dejaron extender
en saludo de un segundo
interminable en mi reloj
detenido.
Nada, nada
podía ser tan inmaterial
como el plumón aceituna
de su piel imperceptible.
Le salían los
dedos desde su palma
como brotes
improvisados
en un lirio rosado en primavera.
Percibían mis
manos
el imaginario ruido
del flujo púrpura de sus
corrientes
vitales.
Eran las manos
soñadas
de las infanta inspiradas
en los reinos del
agua de ninfas
y nereidas.
Eran las manos
sagradas
de los angeles adolescentes
en los retablos
anticipados
de Miguel Angel.
©Julio Jarmas
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