Me fui a
caminar entre los montes
cercanos a mi pueblo,
donde retozan los
pájaros
como dueños absolutos de la palabra
libertad.
Mi pueblo era
una villa de
pretensiones urbanas oficiales, con dos
calles paralelas principales, con cuatro
salidas al campo.
Suelen llover
aguaceros que duran
horas, todo es verde en sus alrededores
limitados por un cerro alargado y un arroyuelo.
Los pájaros
vienen y van cruzando el cielo;
abundan las ciguas palmeras por
centenares,
juguetonas se burlan de las brisas.
Siempre al
anochecer se escuchan los roncos
despertares de las elusivas lechuzas y
el canto
interminable de los taitajíes.
En abundantes
variedades desbordan
con sus presencias las surrealistas bellezas
de los aires y hasta picotean en los caminos.
Los muchachos
de mi pueblo conocimos
sus horarios, sus costumbres,
sus carnes , sus
alimentos, sus fuerzas y los cazábamos.
La palabra
libertad se confundía con la vida
que hacían los pájaros y la de
nuestros afanes
por traerlos convertidos en trofeos.
Los tirapiedras
fueron las armas obligadas,
colgadas del cuello como adornos,
era un rito
obligado al ir hacia los montes.
Algunos
muchachos nos esmerábamos tanto en
pulir su ye de palo y en bien atar las tiras
de gomas
hasta dejarlas como obras de arte.
El tiempo de
todos mis días bordeaba
el final de mi adultez adolescente,
surgían
los aires académicos de mis conocimientos.
Entonces había
ascendido a un regalo de
infinito valor para mí, aun lo retengo entre
mis cosas,
un rifle de aire comprimido y perdigones.
Fue un
privilegio resultante del
orgullo que sentía mi madre
porque ya me había
iniciado
en la universidad para ser ingeniero.
Los descansados
momentos para el ocio
llegaban como impuestos espirituales
y del
sistema mal ocupado de nuestra juventud.
Verdades y
utopías se debatían entre mis horas
de aulas, de libros, de nuevos y
esenciales
motivos académicos y sueños.
Las razones
aprendidos en nuestros
estudios secundarios, nos hablaban
de San
Agustín y la inminente Creación Divina.
En la
Universidad, los primeros mensajes
nos hablaban de otras muchas verdades
contrapuestas a veces, vaporosas otras.
El final de lo
infinito contrariaba
con el principio inasible del primer
instante
de la nada convertida en todo
y más y más.
Esas cosas no
las habíamos escuchado
antes, comprendíamos el idioma
de los pájaros,
pero los pájaros también son reservados
Disfrutaba los
zumbidos de la brisa,
trataba de comprenderla con fórmulas
y leyes
enunciadas por los números de los sabios.
Mas, las brisas
se miden en velocidades,
espacios, presiones, masas y extraños tensores,
los pájaros los conocen, pero
callan.
Todos los
fenómenos del universo son
igualmente significantes para las leyes
y
razones naturales, todos son calculables.
Desde sus
orígenes, sus evoluciones y
todos sus efectos, y los efectos de sus
efectos
ilimitados, sin final previsible último.
Se imponían los
argumentos posibles,
las integrales matemáticas y
lo divino de la
termodinámica:
la entropía madre.
La entropía es
la madre de todos los fenómenos,
los
impulsa y los retrae, los ordena y crece,
los desordena y crece más.
Todos los
pájaros del mundo saben de
lo que digo, por eso les rinden sus energías
como a nadie, pero callan con prudencia.
La inercia
contra los movimientos
eternos, las medidas del tiempo
contra lo
invisible de la materia infinita la recrecen.
Llevaba mi
rifle de perdigones y aire
comprimido, regalo de mi madre,
mi madre
disfrutaba mi relación con los montes.
El rifle es un
arreglo mecánico de metal organizado
entre pernos, vástagos,
presiones y precisión de mira ocular.
Un artilugio
con motivos de culpas contra la
naturaleza de los pájaros instrumentado por las ciencias guerreras aplicadas.
Medido con
hambres, cargado de símbolos de contiendas,
de destrucciones, de
orgullos, y también dicen que de paz.
Como había
hecho durante el estío en
muchas otras tardes de asueto,
me iba
solitario a recrearme entre los montes cercanos.
Mi rifle, sin
embargo, se convirtió
en un
laboratorio experimental
para estudiar los procesos de compresión adiabáticos.
Sus ruidosos
disparos espantaban a los
pájaros, muchas
veces no volvían durante días,
porque los pájaros son muy inteligentes.
Esa tarde quise
andar y estar meditando
conmigo mismo sobre nada de menos
y sobre todo lo demás posible y liviano.
Serían
pensamientos livianos pues ya
los Cálculos Integrales y La Cuántica
me
traían fundidos los sesos y cansados los ojos.
Sin embargo,
los pájaros aplican
los sistemas cuánticos desde antaño
para decidir cuándo
cambiar los colores del plumaje.
Porque los
pájaros saben que el color blanco
refleja mejor la luz y el calor,
mientras el negro los retiene.
Había sudado
bastante antes de que
llegara a la sombre de un frondoso árbol
de
Maricao grande como rey en su reino.
Los Maricaos
reciben todas las visitas de los pájaros,
tórtolas aliblancas
grandes, nidos de picaflores
de brillo negro-verde...
Porque las
frutas del Maricao tiene una pulpa dulce,
muchos pájaros la comen,
también por sus frutos suben los insectos
Así llegan
Petirrojos, ciriguillas y petigrís,
también viven los lagartíjaros y
saltacocotes y chicharras
mimetizadas en las ramas.
Los
saltacocotes no saltan, son miméticos,
son
lagartíjaros grandes casi desaparecidos,
los lagartíjaros viven entre las ramas.
Todos son dueños
de sus predios,
todos cargan sus obligaciones,
todos van
ocupados por el mundo de lo perfecto.
Como siempre lo
hacen los pájaros,
unos llegan a las ramas y
otros alzan urgentes
sus vuelos
orientados por los astros.
Los astros
lejanos parecen fijos en
el cielo, los pájaros saben medir
con
exactitud divina los paralajes y desviaciones,
pero...
Los pájaros que
hacen paradas en sus
viajes no juegan, no cantan, descansan,
se
yerguen y se disparan de repente al aire.
Sensores de
alta precisión les dan las
señales del tiempo,
las coordenadas,
los
síntomas y medidas de lluvias y brisas.
Sin embargo,
los pájaros viajeros
cuando se alejan mucho de sus refugios,
viajan
estresados, nosotros los conocemos.
Es preciso
conocer a los pájaros
viajeros solitarios para alcanzar a cazarlos,
su tristeza extraña conmueve, llegan asesantes.
Traen el buche
repleto de alimentos conservados
y transportados para regurgitarlo al alimentar
sus pichones hambrientos y desesperados.
Mas, esta vez
yo no estuve interesado en cazarlos,
prefería mirar a los que iban jugueteando
con el amor por la vida.
Siempre, muy
siempre, diligentes y
convencidos como si al final de la tarde
ya no
volvieran a vivir otras nuevas tardes.
Porque los
pájaros saben que la vida
termina un día,
afanan por llegar a sus nidos
donde espera los pichones y sus madres.
Las grandes
tórtolas aliblancas son
ejemplo sublime de los pájaros
orgullosos, que
vuelan lejos
tras sus tareas necesarias.
Otros pájaros
muy complacidos de
hallar todos sus alimentos y
los materiales
para sus nidos en los ramos del Maricao
Nerviosamente
fanfarrones, ágilmente
revoltosos enloquecían mi atención
con sus
saltos y sus coros de chirridos agudos.
El mundo suyo
se concentraba en
aquellos rituales de la vida encomendados
en
sus rutinas de ceremonias heredadas.
Contemplado
escuchaba sus diatribas,
observaba sus peleas, sus cantos y cortesías,
sus galanteos y excreciones inadvertidas.
Sus diatribas
enviaban señales
perceptibles que hablaban de ser los mejores
para los hijos, lo más fuertes y capaces al criar.
Porque en la
descendencia está la continuación
de la vida llegará a ser la
continuación
de los sistemas, leyes y permanencias.
Cada minuto,
cada segundo cumpliría
el ritmo ritual de sus multiplicaciones
calculadas
al punto de la estación del calor.
Los pájaros
traen sus ábacos
combinando los latidos ligeros
de su sangre y
los sonidos eternos
del cosmos con sus cálculos.
Los pájaros
saben que la primavera
llega cuando comienza la primavera
y el verano
termina cuando llega el otoño.
Para cada
estación los pájaros inauguran
un canto, unas vestimentas
y unos
estilos de temporada al desayunar
al volar...
Unos van
saltando de ramo en ramo, perseguidor
y perseguida lucen sus excitados instintos a
la fecha del celo cronométrico.
Los calendarios
de los pájaros tienen sus prisas calculadas
y sus tiempos de
incubación calibrados
a los segundos y minutos.
Los pájaros
siempre se adelantan a los relojes del Sol,
porque los relojes del
Sol siempre siguen a los pájaros,
estos nunca fallan.
Porque en la
discreción de los pájaros se esconden
los conocimientos de los
principios que rigen la perfección de las medidas.
Cundo sube el
mediodía, los carpinteros
en los cocoteros son muy ruidosos
y exhibicionistas,
trabajan y cantan con sus lenguas. Son fuertes
como leñadores,
orgullosos de la precisión de sus instrumentos
excavadores,
dominan los ruidos y envía mensajes.
Llevan la
capucha roja de los guerreros podertenientes
más orgullosos, no
temen a las tormentas, sus moradas son blindadas.
Los pájaros
carpinteros dominan los bosques
con sus vibraciones capaces de
comunicarse
a Kilómetros con sus pares.
Las ciguas
palmeras abundantes, afanan cargando
charamicos para armar sus
nidos,
se multiplican y celebran las lluvias.
Una alertaba
con grito distintivo la
presencia rondante de los cernícalos rapaces,
hambrientos y engarrados y amenazantes
Porque los
cernícalos cazan valiéndose
de un telescopio de variaciones automáticas
afinadas desde cerca hasta lo lejos.
Un picaflor
agudo y veloz se lanzó picando
desde atrás contra el costado interior
de las alas
del cernícalo para espantarlo.
Se alejaron los
invasores imposibilitados
contra el lance de tal potente
velocidad
defensora del diminuto misil picador.
La alas de los
picaflores pueden batirse
fuera de cálculos de los instrumentales
del
perseguido hacia atrás y hacia delante.
Para hacer esas
piruetas, los aviadores de las guerras
han tenido que
consultar muchas veces
a los picaflores zumbadores.
Todavía es muy
difícil para los
sabios de la termodinámica
calcular e imitar
el rendimiento
del vuelo de esos pajaritos.
Todos cumplen
con las tareas propias
de los afanes por la continuación de la vida y
lo perfecto como pica en picada el picaflor.
Los músculos
del picaflor parecen acerados,
su corazón late al ritmo de su vuelo
indescifrable,
su sangre hierve y pica su pico.
Yo inicié mis
divagaciones preguntándome
sobre las razones que motivan
aquellos impulsos
tan nerviosos de los pájaros.
Los pájaros
suman a sus entusiasmos
gestos artísticos, inteligentes, efectistas,
armónicos
y sobretodo razonables como números.
Los números
suelen consultar a los pájaros
cuando los pájaros se ponen a descifran las
horas,
las mañanas, los tsunamis, y los meteoros.
La inteligencia
del universo dirige la continuidad de todas sus leyes,
invariablemente exactas, como la dictan los pájaros viejos.
Siguiendo la
perfección indetenible de la lógica
en todos sus procesos, sin más
esfuerzos que la lógica de lo infalible,
lo cierto,
Vienen y van
los pájaros,
los ramos secos se desprenden,
los ramos verdes cuelgan
sus frutos,
las hojas crean clorofilas verdes.
Los insectos,
los reptiles, los
frutos, las noches, las sombras y
El Sol han
sido diseñados para los pájaros
y ellos lo saben demás.
Los sistemas de
constelaciones orientadas,
los vientos tormentosos, y las
salidas lunares,
vinieron en sus alforjas de viajeros.
Las corrientes
han sido confeccionadas
a la justa demanda de los pájaros
que precisan
de sus aguas verdescentes y espumosas.
Las partículas
inmedibles de los núcleos materiales
sirven a la ciencia de las
plantas, transportan las energías para los pájaros.
Con precisión
divina cada lugar tiene una razón perfecta para ser eslabón
imprescindible y calculado, inconcebible otro modo.
Toda la razón
del universo se resume en el punto adimensional de su origen
indescifrable y densidad infinita del antes de todo.
Unas tras otros
las eras y segundos pasan,
permanecen o retroceden en un incierto
instante sobrepuesto a los siglos y años luz.
En coordenadas
resumidas en cuantos de dimensiones
vivientes concebidas a lo necesario para los pájaros repletos de
energía.
Los cuantos de
radiaciones cósmicas balancean
la composición de los alimentos frutales
de los
pájaros convertidos en reservas.
Los colores de
las flores, de las hojas, sus formas fractales,
sus aromas, sus
feromonas de lejanas mensajerías a la celeridad de la luz.
Se registran en
fórmulas materiales de perfección diferencial,
inviolables,
constituyentes, únicas del hilo irrompible comunicado.
Los pájaros lo
conocen y vuelan dormidos,
remontan las nubes y las tormentas
navegando
al amparo de ese hilo de polo a polo.
Recorren el
mundo en infalibles naves
de verdades inexploradas, conocen las rutas
del salmón
y de las anguilas de Los Sargazos,
las fuerzas de
las olas movidas por
los trastornos geológicos, sus calmas,
los
acantilados y los fondos extendidos de algas taxifolias.
Las corrientes
marinas que alimentan los bosques de algas taxifolias purifican el aire que
respiran los pájaros para sobrevivir.
Reconocen las
avenidas de las ballenas,
monstruos alimentados de los colores
de las aguas congeladas
hechas nubes de crustáceos.
Repletas de
vida en cadenas comestibles para el equilibrio inamovible de las últimas
inferencias en la dinámica material hecha vida.
Los pájaros
dividen los días de las noches,
los inviernos de los veranos,
pintan
las primaveras y los otoños con rayos luminosos,
Siembran los
bosques y las inmensas tundras
transportando semillas,
convierten las
lluvias y las avalanchas en ríos correntosos.
Todos los
bosques del mundo han sido armados paso a paso
siguiendo la voluntad de sobrevivir de los pájaros y sus
crías.
Convierten
cataclismos y movimientos magnéticos
de giros ordenados por meteoros
viajeros
en perturbadoras mareas remotas.
Los movimientos
que generan las ondas magnéticas
ocupan todas las horas del Universo
para
orientar a los pájaros migradores.
Los pájaros
reciben mensajes solares cifrados en tormentosas
perturbaciones que nos
saturan de rayos cósmicos imperceptibles.
Sólo ellos
conocen los secretos de la exactitud
en
sus distribuciones medidas en las plantas
como misterio alotrópico del carbón.
Los pájaros de
los montes cercanos a mi casa conminan
al Universo a conservar la precisión de sus engranajes atómicos.
Porque la vida
y la razón de los pájaros gira en torno a lo exacto del aire,
de
sus noches y de sus vueltas en la espiral de los días.
Lo exacto del
color de las nubes, del ruido de las olas,
de las llamas de los volcanes y de
los glaciales de los polos
están enlazados.
Al color muy
blanco de los reflejos luminosos
difractados mil veces en las gotas
minúsculas
que alivian del calor a los pájaros.
El ruido de las
olas sube y baja
los tonos disponiendo los sutiles códigos
para informar los cambios lejanos del tiempo y su ritmo.
Las llamas de
los volcanes entibian las brisas de las alturas
y las rutas por
donde los pájaros diseñan sus migraciones entre lejanías.
Los glaciales
de los polos enfrían las corrientes
que viajan a los trópicos para
conservar
los climas de la vida para sus alimentos.
También lo saben los pájaros dioses
asentados en el origen desconocido de la vida
y de la nada, maternidad de todos los todos.
©Julio Jarmas
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