Su rostro negro
no ha sido tocado
por el tiempo ni los tormentos
De ligera piel
continua,
sin surcos ni tropiezos,
sólo reflejos y calmas
Despiertos sus ojos
me han mirado
sin desvaríos desde su marco candeal
Sus palabras en
armonía de gaitas
maleaban lo profundo de mis sentimientos
rendidos de rodillas
Me derretían la
libido sus labios húmedos,
encendidos en enrojecida transparencia
Su diálogo
inocente no advertía, -tal vez-,
mis lascivos instintos hormonales
Saturados de
memorias comparadas,
ella es distinta, de luces desiguales, deslumbrantes
Confesada de
viuda, emplazada
por mis intentos de despertar
la pureza de su presente
Ella aparece en
mis noches y mis caminos,
contra cada recodo
de mi andar de lobo curtido
Ella me habla
con los matices
de su timbre adolescente
jamás superado por el medio
lleno de
sus días.
Ella es la
verdad, yo soy la mentira,
ella es la flor, yo soy la mojada
leña que se apaga
Bajo el otoño
nublado,
de hojarascas y soles entristecidos
que se agotan tras el púrpura
crepúsculo
Mi hoy
desesperado reclama
su aliento, su miel,
el alimento de su alma,
elixir sagrado
para la mía
Me lanzo al mar
infinito
de sus inciertas coordenadas,
sin astrolabio, sin velas ni remos
Sin
brújula ni sextante,
contra las
voluntades divinas,
contra la tormenta tras su silbo de sirena
Sólo con mis
brazos de marinero,
los del náufrago que no se rinde,
solo en medio de la noche
Si muero de
esperanzas mi vencida s
erá el trofeo que le serviré en el cielo
con las
estrellas como testigos
Allá, en lo
alto, el don de su sonrisa eterna
será la redención de todas las opuestas
turbulencias
Entonces, mis
juramentos serán bendecidos
por el mismo amor de Dios.
©Julio Jarmas
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