martes, 22 de noviembre de 2011

Rufino de la Cruz no tiene nombre


Hermanas Mirabal


Rufino de la Cruz nació un día viernes
de la tercera semana de noviembre, 
sin nombre, sin noblezas, sin valores,
con testículos y sangre señalada de negro.

El Sol hizo amanecer el día
como lo hace todos los días, 
no hubo anuncios reales,
los ríos, los pájaros y el viento 
cantaron y silbaron como siempre lo
hacen en la tercera semana de noviembre.

Tal vez sólo su ángel guardián asignado 
sabría que Rufino llegaba signado
para que la bestia del olvido 
se lo enguyera sin atragantarse
porque las lealtades no atragantan.

Las lealtades, como lo hacen los agradecimientos,
fluyen como las corrientes de sangre oxigenada, 
como la transparencia de las límpidas  aguas  de los arroyuelos,

Corren así, como los pensamientos de las acciones 
de las buenas voluntades inconfesadas, 
por los causes de la mano derecha 
que no le cuenta a la izquierda.

Las lealtades son como las oraciones 
murmuradas por los niños antes de dormir, 
sólo las oye, quién sabe, si Dios.

Un día y otro día Rufino buscó 
los caminos asfaltados de la Ciudad
y conoció los nombres impronunciables de "El Jefe"

Respiraba sus orgullos rurales avanzados 
en afanes y luchas contra los
perversos que mandaban

Rufino estuvo temprano y a tiempo  
con los testículos templados 
para completar una misión más, 
al lado de Minerva Mirabal

Las campanas de la muerte sonaban 
y resonaban sus ecos en las voces y diálogos
de las amenazas

Mas, no importaba nada, 
los mandatos de las conciencias 
ordenaron la salida de Las Muchachas

Rufino era sólo un amuleto de azabache 
con testículos distintos, como era preciso, 
para cuidar de espíritus malignos
el camino largo y tortuoso que seguirían las infantas..

Bordeando montañas, precipicios, 
lluvias y tormentas. Rufino era un ausente de
filiaciones

Sin nombres ni historias de ciudad, 
sin madre para sufrir su muerte, sin
padre ni hermanos para vengarla,

Los garrotazos rompieron su cuello, 
callaron su garganta, y maceraron sus testículos  
por miedo a que despertara  su espíritu, 
era sólo la garganta negra de un esclavo.


Rufino no tenía Dios ni sabía escribir versos, 
no supo de Sócrates ni de Los Olimpos 
ni de la guerras del mundo

Era como los indios sin almas, 
no ocupaban  a los frailes de La Conquista, 
sin Biblia, sin pecado original

Rufino conocía los días lluviosos 
que ordenaban las cabañuelas, pero no
leía La Cuántica ni El Príncipe

Entonces Rufino no ha sido contado, 
mucho menos cantado.

Rufino se quedó sin flores, sin tumba, 
sin oraciones ni epitafio.

No ha muerto Rufino, los fantasmas no mueren, 
no tienen origen, no tienen hijos, 
ni hermanos, ni padres, ni sobrinos, ni amigos.

Es sólo un espectro de las fantasías negras, 
una sombra invisible y congelada 
en el mar de los olvidos

En el mismo fondo del mar 
donde florecen transparentes, sin colores,
las azucenas de los abismos 
cultivadas por ángeles sin dioses.

Donde los colores de las estrellas son imposibles, 
donde el Sol no irradia su calor, 
tal vez  por allí , con sus machos testículos 
vuela Rufino junto a los dioses sin nombres de La Lealtad.

©Julio Jarmas

Rostro negro


Su rostro negro no ha sido tocado 
por el tiempo ni los tormentos
De ligera piel continua, 
sin surcos ni tropiezos, 
sólo reflejos y calmas

Despiertos sus ojos me han mirado 
sin desvaríos desde su marco candeal

Sus palabras en armonía de gaitas 
maleaban lo profundo de mis sentimientos 
rendidos de rodillas

Me derretían la libido sus labios húmedos, 
encendidos en enrojecida transparencia

Su diálogo inocente no advertía, -tal vez-, 
mis lascivos instintos hormonales

Saturados de memorias comparadas, 
ella es distinta, de luces desiguales, deslumbrantes

Confesada de viuda, emplazada 
por mis intentos de despertar 
la pureza de su presente

Ella aparece en mis noches y mis caminos, 
contra cada recodo 
de mi andar de lobo curtido

Ella me habla con los matices 
de su timbre adolescente 
jamás superado por el medio 
lleno de sus días.

Ella es la verdad, yo soy la mentira, 
ella es la flor, yo soy la mojada 
leña que se apaga

Bajo el otoño nublado, 
de hojarascas y soles entristecidos 
que se agotan tras el púrpura crepúsculo

Mi hoy desesperado reclama 
su aliento, su miel, 
el alimento de su alma, 
elixir sagrado para la mía

Me lanzo al mar infinito 
de sus inciertas coordenadas, 
sin astrolabio, sin velas ni remos

Sin brújula  ni sextante, 
contra las voluntades divinas, 
contra la tormenta tras su silbo de sirena

Sólo con mis brazos de marinero, 
los del náufrago que no se rinde,
solo en medio de la noche

Si muero de esperanzas mi vencida s
erá el trofeo que le serviré en el cielo 
con las estrellas como testigos

Allá, en lo alto, el don de su sonrisa eterna 
será la redención de todas las opuestas turbulencias 

Entonces, mis juramentos serán bendecidos 
por el mismo amor de Dios. 

©Julio Jarmas

Angelita



Brillaban las mañanas como siempre brillan los amaneceres de mi pueblo,

Doncellas adolescentes tímidamente sonreídas trocaban fugaces miradas por un gesto,

Todas caminaban hacia la escuela apurando la gracia de sus pasos,

Angelita era el nombre de una niña de mirada despierta y distinta,

De palabras completas y pasos adelantados a la prisa,

Sus gestos escolares iban definidos por su uniforme relucido,

A la medida del orden monárquico como infanta consentida.

Ningún salto estaría permitido para invadir sus cercos,

Sólo Dios conocía los códigos de sus puertas.

Sólo Dios porque Dios lo sabe todo.

Angelita era distinta a todas porque su gracia era inmensa.

Angelita es distinta a todas, porque su gracia es inagotable.

©Julio Jarmas

Mi niña y sus dudas



Mi niña creció abrazada a las dudas de las explicaciones mudas
Mi niña creció abrazada a las dudas de las explicaciones del amor
Resuelta en lágrimas rebeldes, preguntas complejas y sueños filiales
Su nombre estaba incompleto, como signos de la génesis de su cuerpo
Su madre le contaba historias de barcos y piratas y viajeros sin tiempo
Mis ausencias marcaron sus amaneceres, días escolares y horas de dormir
Mi niña lleva los tatuajes volcánicos de mis impudicias, pero yo la amo
Más que a mis recuerdos de niño, más que a mis dioses, más que a mi vida
Amo sus juegos de palabras adolescentes que maduran, sus negaciones
Sus sabias respuestas, sus gracias, sus gestos de guerra, sus gestos de paz
Yo amo la mirada razonable de su cautela y los asertos de su desconfianza
Amo sus medio-besos sin historias recogidas. Yo la amo cual mi Diosa.

©Julio Jarmas

Su nombre



Dulce era el nombre amistoso de una niña tierna como polluela en plumones

Una tarde como todas las tardes deportivas de mis vacaciones en mi pueblo

Su paso contorneado venía de frente, cimbreante, breve como su frágil silueta

Yo, tocado por el impresionante desconcierto de su núbil apariencia recién inaugurada

Mascullaba entre salivas mi asombro entre lascivias, fríos de piel y calor de mente

Estremecida. Esquivaron sus pasos la ruta inminente del encuentro y sus ojos mis miradas

Mis nerviosos deseos de acercarla hasta el tremor de mi entorno rodaron por el suelo

Corté la respiración por un instante, encendidos mis arrojos seguí su diligencia casual

Eran los días lluvioso del verano lluvioso, escandalizaron las aguas mi presencia

Determinadas a espantarme de su calle final sin curvas ni salida, retornaba dichoso

Entre esperanzas, determinaciones y sustos del alma. La suerte apostaba por mi carrera

Santificada por la dulzura de aquel único cruce de miradas de estallantes feromonas

Puras, nuevas, cargadas aun de los aromas de la pubertad despedida sin celebraciones

Así, regresé hasta su portal cuando la noche declaraba los brillos plateados de la luna

Redoblados por la magia de tus ojos cuando al aviso vecindario de mi presencia apareciste

Ante mi, esplendorosa, recogida la voz tras unos gestos de mujer resonantes en mi piel

Lúdicamente mimetizados tus labios se desvanecían bajo el brillo húmedo de la joven pasión

Tintineaban en mi pensamiento los tonos ligeros de tus mejillas en el ir y venir de sus flujos

Aligerados por los pulsos acelerados de un corazón sometido a la confusa presión del amor

©Julio Jarmas

Mi niña ha crecido



El quiescente capullo se abre,
se encienden sus pétalos
raudos los picaflores.
una leve mariposa despierta,
corteja sus colores,
sus aromas,
los dulces de su néctar
delatan su despertar.
una mañana,
mi niña ajusta los arneses de un viaje
crisálida que airea sus alas
para estirarlas en formación de vuelo
mientras se templan al sol
dejando fluir sus vitales humores,
se anuda su pensamiento
una quebradura se estrena en su voz,
su piel reluce desde el horizonte
sus ojos avivan la mirada
sus caderas se curvan al ritmo
de sus ensayos para una danza,
de olores reformados,
de apetitos divinos
de noches estrelladas,
de noches sin estrellas,
de duelos blancos,
de duelos negros,
de tardes que rìen,
de tardes que cantan
de tardes que silban
a coro con grillos y cigarras
han estallado sus hormonas
se han formado las virtudes
de mi niña que se aleja del nido
de mi niña que sueña con su nido.

©Julio Jarmas

Culpas irredentas



No pediría tu perdón, no valen las redenciones sobre el daño sangrante revuelto en el dolor

La confianza destrozada, la cobija rota, las penas cristalizadas por lágrimas secas antes de brotar

La vergüenza inflada,  la vida rebajada a  promesas cansadas, doblegadas por el peso de lo gordo

La mirada humillada hasta el piso de lodos bajo el calzado del cazador indiscriminado, sin olfato

Avivados los arcos y las flechas contra la inocencia de tus miradas, tu pureza, tu perfecto respiro
.
Ofensa entregada en bultos sin destinos postales, subrepticios, tras la malandra del irrespeto y el desamor

Hacia mi hija que es el alma inmerecida de mis sentidos, de mis días, de mis cantos apagados en lágrimas

De mis días, de mis espacios, de mis direcciones, de mis encantos encurtidos bajo el seco salobre

No habrá  vueltas, la  muerte  no  borra la historia, no  la endereza, sólo la escribe con lápiz de plomo

No merecen  valor mis pruebas, ni  mi calor  pasmado, de hojas secas, mis confesiones ni mis ruegos
.
Ni siquiera una huida hacia los fondos abisales o un sacrificio de fuego contra la vida, tal vez lo justo.

©Julio Jarmas

Mi pequeña Sofía es real




Sofía es el nombre real de una niña real

Holgadamente bella de cabellos, de rostro, de figura y alma

Firme la mirada, dulce la voz, graciosamente gestual, de

Ingeniosa inteligencia expresada en sus palabras y reflejos

Arreglados a la luz de la prudencia, del juicio y el decir Divino.

Su sonrisa de niña ha cambiado sus sonidos y silencios

Ahogada en los mares de su cuerpo nuevo de mariposa

Uncida de colores repartidos como arte de pinceles para el amor

Rendido a la voluntad de los dioses de lo perfecto, de lo exacto.

Sus alas abiertas al amanecer, abiertas al día, abiertas a la tarde

Angeles y vírgenes y elevan plegarias a los altares de su virtud

Isla de privilegios enclavada entre mares de monstruos y sirenas

Religiosamente entregados a las pasiones de las noches ruidosas

Guiños insolentes de serpientes paradisíacas y frutos prohibidos

Inmaduros como rechino de cáscaras verdes del limón sin tiempo

Navegantes de ríos y océanos embarrancan sus barcas y echan anclas

Simuladas, apostando sin temor a la lozanía de las mieses

Enfiladas bajo el sol de las pacientes esperas al orden de Dios.

©Julio Jarmas

Doña Fresa creó el mundo



Fresita creció como todas las niñas crecen, para ser amada,
parir sus hijos y sean cristianos hijos de Dios

Una mañana, un día de Sol, una tarde nublada, una noche de luna, una madrugada
de tormenta

Una y otra vez, hasta contar hasta diez antes de perder la cuenta, de
Enero  a Diciembre

Nacía uno, hembra o varón, para ser amamantado hasta lo que duraba la
próxima postura tras el portal

Ella le hablaba en oración al amanecer, los gallos cantaban
sus pensamientos, La Virgen los escuchaba

Siempre La Virgen escuchaba las oraciones, siempre salidas de su alma
purísima, siempre humilde

Sus días corrían como los días corren por los caminos de los
campos del Cibao paridos de flores y frutos

Donde una comadrona siempre ocupada comparte la suerte de las tisanas
con los sanadores divinos

Doña Fresa nunca oyó hablar de mutaciones genéticas, clonaciones, de lluvias
químicas ni feromonas

Sinembargo su ciencia le enseñaba a lavar los jarros de la leche porque el
demonio lamía los restos Les dejaba sus vahos.

Los vahos del demonio provocan
Colerín a los niños mal santiguados y mueren

Así fué como Doña Fresa logró, siempre siguiendo los consejos de La
Virgen, salvar diez de sus críos

Porque luchar contra el demonio
y las brujas que se chupan los niños  nunca ha
sido fácil en El Cibao

Pero cuando la mano de La Virgen toca  los niños, todos los
vahos endemoniados se alejan de la casa

Doña Fresa lo sabía y vivió siempre colgada a los pies de su
infalible devoción, santa como su pensamiento.

Sólo La Virgen pudo haber sido madre más santa que Doña Fresa, más
entregada, de más puro amar

Iba todos los días a los manantiales para buscar agua limpia, siempre hervía
los pañales de los niños

Porque es bien sabido que los vahos de los demonio le huyen como
a La Cruz a las aguas calientes

Asimismo  siempre supo que le huyen en los vapores de los
alimentos hervidos, limpios y sanos

Ella bien sabía que los demonios se vuelven cucarachas y ratas para dejar
sus vahos durante las noches

Así sabía resguardar con sales las carnes, porque supo que los demonios también
les huyen a la sal

Uno a uno de sus hijos iban aprendiendo a ser, como su padre los varones, como
su madre las niñas

Inclinados rogaban la bendición a sus mayores, obedecían sus consejos,
aprendieron de su amor

Nunca recibió castigos, nunca repartía castigos, Doña Fresa enderezaba
con paciencia sin subir de tono

Cada uno aprendía a cuidar el tabaco de las babas del demonio que al
escupirlas dañaba las hojas.

Aprendieron a trabajar en los cultivos y en los ranchos,
pero un día el tiempo creció sobre los unos y las otras.

Los muchachos iniciaron sus ritos de escapes, unos y
otras, se fueron tras las luces y los ruidos

Volvían para anunciar las rutas hacia sus nidos alejados, Doña
Fresa los encomendaba a La Virgen

 Los entregaba en sus oraciones y los bendecía con los
mensajes consejeros de La Virgen amada

Cada hijo, cada sobrino, cada nieto, cada cual sabía que
a Doña Fresa le hablaba la Virgen con su voz

Su Virgen la cuidó cada día, cada instante, hasta que un día,
saturada de amar y del amor de todos

entregó en oración su alma a su Virgen, voz callada y labios inocentes
se elevó al Cielo, junto a  Dios.

©Julio Jarmas