Caminos de otros tiempos
borrados entre los verdes matorrales silvestres
viven en los trazos perennes
que duermen abiertos en mis ojos cerrados.
Tardes que se apagaron
entre los ojos despiertos
de esfinges luminiscentes
y el canto ilimitado de violines desafinados
en coros de reptiles y cigarras
El claro de tus ojos claros
relucía contra la misma palidez de tu frente
Tu propia mordida de los labios
hacía mojar las manos, axilas y palabras
al par los años crecidos patios contra patios,
del riachuelo a la quebrada
Palpitaban los miedos y sustos,
la adolescencia y sus desconocidos divinos.
Tiempo de risas y sonrisas sin ensayos
cuando alza el lagarto su lagartija.
Tiempo de morir al descubrirse el ojal
del vestido ante el gesto inconsulto.
Arribaron sin contarse los días de tormentas,
rutas y distancias obligadas.
Los mares se volvieron más anchos cada vez,
naves en rumbos opuestos marcaron nuestros viajes.
Días afanados y noches infinitas de costados
soportaron los decenios de memorias retenidas y vírgenes pasiones rotas.
Tanta distancia, tanto mar,
al cabo del círculo arribamos al mismo puerto.
Cabalgamos sobre las deudas, risas y besos,
desvelos, playas y bahías. Volvimos a la quebrada.
No es la misma, ni al pie está el mismo riachuelo
La sublime dignidad inscrita en sus tiernos surcos desvaneció la nostalgia
Mis manos de nuevo sudorosas contaron sus latidos, la misma fue su voz.
Convertimos en juguete lo nuevo de sus caderas y sus ojales reventados.
Otra vez sus ojos claros encandilan la mirada contra el pálido de su frente.
Otra vez el remorder de labios contenían la saliva... otra vez hoy los sueños.
© Julio Ramírez
